La llegada del Mesías

La llegada del Mesías

Conforme la luz del día se iba atenuando y la noche se abría paso, la expectación crecía.

Los Devotos ya habían trazado las rutas y  supervisaban los movimientos. Todos fueron enterados de cómo se iba a proceder para no llamar la atención de los Cuidadores. Aunque se había declarado una amnistía, no se confiaban. Todavía había muchos intolerantes que preferían correr el riesgo de un castigo con tal de “eliminar idólatras”. Todavía no se sentían seguros. No estarían a salvo hasta que el Mesías llegara. Y eso iba a suceder esta noche.

Las horas siguieron su marcha y adeptos de esta vieja doctrina, usando los hábitos tradicionales y con las capuchas arriba, seguían su camino hacia la plaza principal, lugar donde la Profecía indicaba desde varios siglos antes que arribaría el Ungido. Primero unos pocos en una calle, luego otros por el otro extremo. Hacia las ocho de la noche, por todas las calles se empezaron a notar cada vez más los grupos de cuatro o cinco personas caminando hacia el mismo destino.

Sabían que era arriesgado pero esperaban que cuando fueran un contingente de varios miles, las autoridades decidieran no hacer nada y cumplir con la promesa gubernamental de tolerar sus reuniones masivas.

Sin embargo, el temor seguía presente. Apenas hacía unos pocos años que habían asesinado a varios miembros de importancia dentro de la congregación y lo habían hecho a la luz pública, en esa misma plaza hacia donde se dirigían. Resultaba irónico que fuera el mismo lugar donde llegaría la salvación.

Habían creído que el movimiento ya estaba debilitado con esas ejecuciones, pero no contaron con que el Líder Supremo, en un golpe de suerte, había escapado a las detenciones. En los años siguientes, con una nueva estrategia, la congregación creció de nuevo.  Viejos simpatizantes que habían perdido la esperanza, regresaron con mayor ahínco. Y entre las sombras iniciaron el contrataque, que resultó en una amnistía y la promesa de tolerancia hacia su culto.

Pasadas las diez de la noche ya estaban reunidas en la plaza cerca de medio millar de personas. Solo llegaron y se sentaron en el frío piso. Tenían la consigna de no hacer ruido ni movimientos que pudieran poner nerviosos a los Cuidadores que llegaran a estar cerca.

Se sentaron y empezaron a orar



La Profecía indicaba que en el último minuto de ese día aparecería el Esperado. Y en el minuto siguiente se revelaría la Verdad. Una verdad que haría temblar a reyes y gobernantes, que cimbraría las bases de las sociedades existentes y haría que todo el orden existente cambiara. Por esa razón era tanto el encono contra los adeptos del Líder Supremo.

Miedo

Los reyes y gobernantes también tenían miedo.

Hacía las 11:30 la plaza ya se encontraba llena y efectivamente, los Cuidadores no hicieron nada. Solo veían de lejos a la muchedumbre sentada en flor de loto orando.

A las 11:45 el Líder Supremo caminó hacia el centro de la plaza. Sus seguidores sabían que debían guardar silencio y así lo hicieron. Llegando al lugar se quitó la capucha del rostro y volviéndose hacia el cielo nocturno empezó a recitar el Canto de La Llegada, que da la bienvenida al Mesías.

Y a las 11:55 sucedió

Lo que parecía una estrella en el cielo empezó a descender velozmente y fue aumentando de tamaño. Se agrandaba tan rápido que parecía que iba a chocar con el suelo. Algunos adeptos se sobresaltaron pero fueron calmados por los demás. Empezó a bajar la velocidad, pero sin dejar de brillar, tanto que lastimaba la visión, hasta que justamente a las 11:59, la bola de luz brillante, tan grande como una casa de varios pisos, se posó en el centro de la plaza.

Todos estaban totalmente sorprendidos y entonces alzaron las manos al cielo diciendo:

-¡La Profecía era cierta! ¡El Líder Supremo tenía razón! ¡Ha llegado el Mesías!

La bola empezó a disminuir su brillo hasta quedar levemente iluminada.

Y exactamente a las 12:00, el minuto siguiente a su llegada, se abrió una puerta en la ya no tan brillante bola hacia el frente, de tal manera que quedó como rampa de acceso.

Aparecieron dos figuras humanas. Más delgadas y altas de lo usual, pero definitivamente humanas. El Líder Supremo se adelantó hacía la rampa y les dijo:

-¡Bienvenidos! Han sido largamente esperados. Aquí está su pueblo. ¡Bienvenidos!

Las figuras empezaron a caminar por la rampa hacia el Líder Supremo y ahora se veían sus rostros, tan humanos como cualquier otro. Se le quedaron viendo, se miraron uno al otro y el de la derecha colocó su mano en el hombro del líder y acercando su cara le preguntó:

-Disculpe, buen hombre ¿Me podría decir qué planeta es este? Me parece que perdimos el rumbo.

 

 

Luciano García

Twitter:@ Luciano__Garcia

 

Imagen: Bereianos.blogspot.mx

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