El Forastero – Quiero ir a casa

El Forastero – Quiero ir a casa

La puerta de metal se abrió y por unos segundos no pasó nada. Las ráfagas de disparos del arma de Raúl salieron sin que los prots pudieran verlo.

Del otro lado yo estaba sentado en el piso reclinado contra la pared, cubriéndome y pensando “¿Qué diablos hago aquí?”. No tuve tiempo de contestarme. La voz de Raúl sonó demandante:

— ¡Joe, tenemos que salir! — En ese momento supe que me tenía que arriesgar y salir disparando para limpiar el camino. La sola idea de ser alcanzado por el fuego enemigo me provocaba un miedo enorme. Pero tuve que decidir.

Preparé mi arma y me aposté de cuclillas cerca de la puerta. Los disparos daban en la pared de atrás destruyendo los circuitos allí instalados. Raúl entendió lo que iba a hacer y sacando la punta de su arma disparó rápidamente y al azar. Inmediatamente que dejaron de llegar los tiros a donde estábamos salí y por fortuna mi localizador de blancos funcionaba perfectamente. Localicé tres al frente y disparé de izquierda a derecha con perfecta puntería. Otros dos arriba a la derecha y listo. Uno más a la izquierda arriba y se acabaron los prots de frente. Miré atrás y arriba y localicé tres blancos. Raúl vió que disparaban para atrás y decidió cruzar el puente. Despachó los tres blancos y otros dos a la izquierda. A la derecha otros dos mientras caminaba hacia el otro extremo del puente y cuando llegó a la entrada, volteó y gritó:

— ¡Vamos, Joe!— Al mismo tiempo empezó a disparar hacia arriba.

Yo aproveché para correr hacia él. En ese momento los vi apuntándole. Calculé que no podría hacer nada para salvarlo. También que si seguía corriendo, pasaría por donde estaba Raúl un instante después de que desapareciera. Así lo hice. Brinqué y apunté. Raúl recibió la descarga desapareciendo en un resplandor y casi atravesé ese resplandor, disparando. Poco iban a hacer mis disparos a esos tres prots clase 5. Pot, pot, pot. Sonaron los impactos y se desbalancearon.

En el suelo, solté mi arma y ordené mentalmente “SPIN 3, Rango 5” y se materializó el visor frente a mis ojos, cubriéndolos. “Disparo”, ordené y la descarga roja de amplio rango dio de lleno a los prots, todavía sin reponerse. No llegaron a hacerlo. Se doblaron con pequeñas explosiones en el torso. Resultaba increíble que las mejores armas desarrolladas solo pudieran dañarlos en forma relativa.



Me levanté y caminé hacia los prots. Seguramente usaría los restos para repuestos. Miré alrededor. No había puerta para salir del ese corredor. “SPIN 1”, ordené. “Detección”. Distinguí un espacio al frente sin enemigos. Recogí mi arma y ordené “SPIN 3, rango 1, disparo”. La descarga destruyó la pared dejando un hueco al frente, el cual atravesé.

Al otro lado me encontré con una bóveda circular iluminada desde el centro por el objeto de mi aventura. Me dí cuenta que nada de lo que traía me permitiría llegar fácilmente hasta allá. La bóveda era mayor de lo que imaginé. Las paredes eran totalmente lisas y no había forma de desplazarse por ellas.  “¡Demonios, tanto trabajo para llegar a esto!”, pensé.

De pronto, un impacto en la pared izquierda, cerca de mi cabeza me sacó de mis pensamientos. Al dar la vuelta para ver que uno de los POD’s averiados seguía activo y disparaba, errática pero continuamente, sentí un dolor en el hombro derecho. Había sido alcanzado y perdí el equilibrio precipitándome en la bóveda. “¡Maldita sea!”, pensaba mientras caía, “hasta aquí llegué”.

Desperté con un dolor familiar. Era el mismo tipo de dolor que sentí después de la paliza que me dieron los guardias cuando recién llegué. Por un segundo pensé que me encontraba en ese momento, pero recordé todo lo demás: el juicio, los exámenes corporales, la condena y el posterior rechazo de los habitantes de ese lugar y la búsqueda del artefacto que me haría regresar.

Me levanté pesadamente y escudriñe alrededor. No quería más sorpresas. La fuente de luz se encontraba un poco retirada y no llegaría en un minuto en el estado en que estaba. Ya caminando noté que no tenía ningún hueso roto. Al buscar mi analizador me dí cuenta que no lo traía colgando del cinturón. Tampoco traía arma, ni siquiera el dichoso cinturón. Solo traía puesta la ropa. Nada metálico. Pensé que algún tipo de dispositivo debió tomar todas mis cosas.

Al llegar a la fuente de luz me sorprendió que poco a poco perdiera brillo y pudiera distinguir el interior. No había nada, vacío.

Mi mente no dejaba de preguntarse “¿Qué es esto? ¿Dónde está el artefacto? ¿Todo era falso? ¿Cómo regresaré a casa?”

Me senté en el piso, dejándome caer pesadamente. Me sentía muy cansado y muy desanimado. Lo único que me mantenía de pie era la esperanza de poder regresar a casa y ahora se desvanecía. Estaba donde todo había empezado. Solo, sin amigos, sin defensa y a merced de invasores de este planeta.

De repente escuché unas explosiones y al mirar hacia arriba vi cómo se abrían perforaciones en la pared.

Así como entré yo, entraron varios contingentes con las armas en alto y listos para disparar. No reconocí los uniformes pero definitivamente no eran Colaboradores

Pero solo estaba yo, desfalleciente en el piso, desarmado, herido y sin ganas de pelear.

Los recién llegados clavaron anclas en la pared y empezaron a descender.

Quién parecía el oficial a cargo se me acercó y me preguntó si estaba bien. Asentí con la cabeza. No tenía ganas de hablar. Me ayudaron a incorporarme y estando de pie lo miré interrogándolo con los ojos. El me miró con una especie de culpa o remordimiento dibujado en el rostro. Me tomó del hombro y me dijo:

– Ve a descansar. Has terminado por hoy.

– Quiero ir a casa –le contesté más como suplica que como petición.

La expresión de su rostro cambió. Se le dibujaba una media sonrisa, sus ojos expresaban algo que parecía bondad y su voz trataba de ser calmante cuando me dijo:

– Ya estás en casa.

 

 

Luciano García

Twitter: @Luciano__Garcia

Imagen: tecnología.culturamix.com

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